No debe ser la primera ni la última vez que esto ocurre, pero el ejemplo es tan evidente que resulta instructivo. Narrado por Krugman, además, todo resulta más claro.
http://economia.elpais.com/economia/2013/04/19/actualidad/1366398440_370422.html
No debe ser la primera ni la última vez que esto ocurre, pero el ejemplo es tan evidente que resulta instructivo. Narrado por Krugman, además, todo resulta más claro.
http://economia.elpais.com/economia/2013/04/19/actualidad/1366398440_370422.html
En épocas de gran alboroto sobre esta modalidad de dinero virtual, les dejamos un link con la opinión de algunos economistas sobre el temas:
http://techcrunch.com/2013/04/14/iterations-how-five-real-economists-think-about-bitcoins-future/
El proyecto votado el pasado 14 de diciembre en la World Conference on International Telecommunications apunta a habilitar la intervención gubernamental en materia de “seguridad” y “comunicaciones no solicitadas”.La vaguedad y la ambigüedad de estas definiciones muestra que la gobernanza de internet es una tema pendiente, cuyos debates no parecen tomar en cuenta su complejidad.
Estos artículos periodísticos exponen diferentes visiones del nuevo tratado:
http://www.lanacion.com.ar/1537798-la-argentina-voto-a-favor-de-un-proyecto-para-controlar-internet
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-210453-2012-12-23.html
Pekka Himanen, filósofo de la Universidad de Helsinki. Es autor, junto al sociólogo Manuel Castells, de El estado del bienestar y la sociedad de la información: el modelo finlandés; su obra más influyente es La ética hacker y el espíritu en la era de la información en la que desarrolla extensamente las implicancias y los efectos de la ética en la sociedad de la información. Ha trabajado como investigador en Finlandia, Inglaterra y en los Estados Unidos.
Organizan: Fundación OSDE, la Universidad Nacional de San Martín y la Universidad Diego Portales (Chile)
Miércoles 21 de noviembre – 18 horas
Salón Auditorio Ing. Héctor Amorosi
Av. Leandro N. Alem 1067 – 2° subsuelo – CABA
Entrada libre y gratuita, con inscripción previa en Tel.: 0810 333 36733 o en www.fundacionosde.com.ar hasta agotar la capacidad de la sala.
El gigante informático mantiene un duro enfrentamiento con los gobiernos de Francia y Alemania, que pretenden imponer un impuesto aplicable cada vez que Google indexa un artículo periodístico. La empresa de Mountain View advirtió que ante esta posibilidad ignoraría en sus búsquedas los contenidos de la prensa francesa. La ministra de Cultura denuncias las ‘amenazas’ contra ‘un gobierno elegido democráticamente’.
Google vuelve a estar en la mira de los gobiernos europeos. Mientras los 27 miembros de la Unión Europea (UE) intimaron el martes a la empresa norteamericana a modificar sus nuevas reglas de confidencialidad, otro contencioso enfrenta a la compañía con París y Berlín.
Esta vez, se trata de una vieja exigencia de las editoriales, retomada por los gobiernos europeos: quieren Google pague una tasa, asimilable a derechos de autor, por cada artículo indexado en la web.
La iniciativa de las editoriales es juzgada “extremadamente pertinente” por la ministra de Cultura de Francia, Aurélie Filipetti. Sin embargo, Google respondió que “una ley como la que proponen en Francia y en Alemania sería muy perjudicial para internet”.
En un documento enviado en octubre a varios ministerios franceses, Google dice que “no puede aceptar la instauración de un derecho vecino [al derecho de autor] para indexar los sitios de la prensa francesa, ya que cuestionaría la existencia misma del grupo, que se vería obligado a no indexar más los sitios franceses”.
“Estoy un poco sorprendida por el tono de esta carta, que se parece a una amenaza. Se trata con amenazas a un gobierno elegido democráticamente”, reaccionó la ministra de Cultura de Francia.
“Hoy, agregadores de contenidos como Google utilizan la notoriedad de las editoriales de prensa, así también como lo que producen. Es entonces legítimo que los editores de prensa se pregunten cómo hacer para que quienes difunden sus contenidos participen en la financiación de éstos”, agregó Filipetti.
“Hoy la prensa atraviesa un crisis muy difícil. El lectorado se desplaza hacia otros formatos, sobre todo digitales, y no necesariamente hacia los diarios en línea, sino también hacia agregadotes de contenidos”, sostuvo.
Sin embargo, Google, que reivindica el redireccionar “4.000 millones de clics por mes hacia las páginas de las editoriales”, aduce que una tasa “desembocaría en una restricción del acceso a la información, reduciría el número de los sitios franceses indexados en internet paro también frenaría la innovación”, dice la carta de la compañía, que invoca además “una manera indirecta de alentar contra la liberta de expresión”.
“Sería nefasto para la promoción de los contenidos en francés” y “reduciría considerablemente la indexación de los sitios franceses, en beneficio de los sitios anglosajones, que no estarían sometidos a esta exigencia”, asegura Google.
Una interesante nota para pensar en el estatus legal actual de las semillas, pero fundamentalmente para preguntarse por la producción y apropiación de determinados conocimientos en el sector agrario:
Domingo, 30 de septiembre de 2012
EL PROYECTO PARA MODIFICAR LA LEY DE SEMILLAS Y UNA NUEVA SOJA TRANSGENICA
Innovación y agricultura
El cambio en el régimen de propiedad intelectual de las semillas implicaría la transferencia de una parte de las ganancias de la gran burguesía agraria local hacia las grandes multinacionales semilleras.
Por Pablo Pellegrini *
Recientes anuncios sobre la apertura de una planta de producción de semillas de Monsanto, una nueva soja transgénica, y un proyecto para modificar la ley de semillas, fueron tomados por algunos como parte de un mismo proceso que favorecería a la multinacional. Sin embargo, los escenarios que se abren pueden ser mucho más interesantes y complejos. La anterior ley de semillas data de 1973, y si bien se le han ido incorporando modificaciones desde entonces, hace años que hay proyectos para reemplazarla por una nueva ley que permita regular la propiedad intelectual de las innovaciones en el sector y esta vez parece haber grandes chances de que así suceda.
Las innovaciones en semillas, en particular mediante la transgénesis, permiten aumentar la productividad de las cosechas, solucionar problemas de los cultivos e incluso usar las plantas como fábricas para producir diversas cosas. Pero la propiedad intelectual de esas innovaciones no es un tema menor, pues determina la posibilidad de apropiación de esos conocimientos. Así, analizar quién desarrolla y quién se apropia del conocimiento resulta clave para entender las dinámicas del sector.
Según el economista Eduardo Trigo, entre 1996 y 2010 los productores agrícolas se habrían quedado con el 72,4 por ciento de los beneficios económicos de la soja transgénica. El Estado, a pesar de no haber podido implementar el sistema de retenciones móviles con la Resolución 125, retuvo el 21,2 por ciento. Mientras que las empresas productoras y multiplicadoras de semillas y de otros insumos, tales como herbicidas, se habrían quedado con un porcentaje mínimo.
Las empresas productoras de semillas se quejan de que los productores no les pagan las regalías por las semillas que han desarrollado y que en esas condiciones es muy difícil innovar. Se supone que el productor agrícola paga por el uso de la tecnología al comprar la semilla, pues en el precio de ésta se incluye el valor agregado por la innovación. Sin embargo, los productores agrícolas pueden evitar el pago del precio de las semillas. Es que hay ciertas especies, denominadas autógamas, que tienen la capacidad de autofecundarse y, por ende, generar semillas idénticas a la planta madre. La soja es una de ellas. De modo que los productores agrícolas pueden comprar la semilla de soja una vez y luego utilizar semillas de la propia cosecha o venderlas en el mercado negro a menor costo que las semillas fiscalizadas. Lo primero es legal, pues la legislación argentina contempla lo que se llama “excepción del agricultor”, que consiste precisamente en permitir el uso de semillas de la propia cosecha. Esta excepción cumple un fin socialmente importante, por cuanto evita que la pequeña agricultura de subsistencia se vea obligada a pagar por el uso de las semillas. Lo llamativo es que los productores de soja en la Argentina no necesariamente pertenecen a este perfil, sino que suelen poseer numerosas hectáreas, costosísima maquinaria agrícola y hasta sistemas de agricultura de precisión mediante el uso de satélites. Pero si pueden evitar pagar por las semillas, lo hacen.
El Ministerio de Agricultura está realizando consultas para lanzar lo que sería una nueva ley de semillas. Allí se restringiría el derecho de uso propio de las semillas. El peligro sería descuidar a los agricultores de escasos recursos, pero en la medida que la nueva ley contemplaría el uso de la semilla propia para la agricultura familiar, los mismos quedarían a salvo. En definitiva, se trataría de acotar la “excepción del agricultor” en función del tamaño de éste, obligando a los productores grandes a pagar por las semillas utilizadas. Y todas las semillas transgénicas que hay en el mercado han sido desarrolladas por multinacionales.
En ese sentido, el cambio en el régimen de propiedad intelectual de las semillas implicaría la transferencia de una parte de las ganancias de la gran burguesía agraria local hacia las grandes multinacionales semilleras. Curiosamente, la posibilidad de este escenario no generó mayores conflictos, a diferencia de la situación producida cuando el Estado intentó disputar esas ganancias.
Monsanto ya había avanzado en acuerdos privados con los productores, mediante los cuales se había asegurado el cobro de regalías por el uso de su próxima soja transgénica, la RR2. En ese marco, la nueva ley de semillas no les otorgaría nada nuevo a las perspectivas de Monsanto, sino que garantizaría un nuevo marco de propiedad intelectual para todos aquellos que innoven en el área.
Las innovaciones en semillas pueden generar muchos beneficios económicos para productores y semilleras, pero la capacidad de apropiación de esos beneficios por parte del resto de la sociedad es otro tema. La agricultura intensiva en capital y tecnología genera muy poco trabajo directo –cuando no lo expulsa–, aunque aumenta el empleo indirecto en el transporte, maquinaria agrícola, aceiteras, acopio de granos y servicios varios. En cuanto a la soja transgénica, aunque claramente no se trata de industria pesada, tampoco es una simple commodity, no sólo por la tecnología incorporada en su producción, sino porque la mayor parte se exporta manufacturada como harinas, aceites y biodiésel. Además, el complejo sojero argentino genera el 25 por ciento de las divisas que ingresan por exportaciones.
La concentración de las innovaciones agrícolas en manos de las multinacionales genera no pocos inconvenientes. En primer lugar, éstas no se ocupan de desarrollos que podrían presentar una utilidad local, pues sólo se interesan por cultivos que puedan explotar globalmente. Así, por ejemplo, el maíz transgénico con resistencia al Mal de Río Cuarto no está en la agenda de las multinacionales. Además, este tipo de empresas gira gran parte de sus ganancias a sus casas matrices, donde realizan todas las innovaciones.
Los organismos locales pueden dar lugar a otro escenario. El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria ha desarrollado gran parte de las variedades de cultivos que se emplean en la Argentina, y fue una de las primeras instituciones de América latina en obtener plantas transgénicas. Ha pasado de tener un presupuesto de 100 millones de pesos en 2002, a 1600 millones en este año, duplicando además su personal. Otras instituciones también han realizado innovaciones en el área, como la Universidad Nacional del Litoral, que ha patentado en diversos países genes que les otorgan a los cultivos una mayor resistencia a la sequía. Con tradiciones científicas que lograron subsistir con magros recursos durante la década del ‘90, esas instituciones presentan muchas más capacidades en la actualidad.
El desafío, entonces, es pasar de otorgar recursos a lograr una planificación integral de los desarrollos tecnológicos. Que organismos públicos produzcan cultivos transgénicos permitiría superar la dependencia tecnológica de las multinacionales en el área agrícola e incrementar los recursos para el sector público, que podría así disponer de mayores márgenes para distribuir la riqueza. Para ello no es menor garantizar que los productores, sobre todo los de gran tamaño, paguen también por el uso de esas innovaciones
* Doctor en Ciencias Sociales (Paris IV Flacso); Magíster en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNQ). Investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, miembro del Grupo CTP.
Fuente: Suplemento Cash, Página 12.

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http://www.chamuyoweb.com.ar/revista/politica-y-economia/item/359-con-saldo-inteligente.html
Que la incorporación de la tecnología a la cotidianidad generó nuevos hábitos no es una novedad pero cómo impactó (e impacta) en los consumos culturales, sí. Según una encuesta realizada por Google, el 24% del parque celular argentino es inteligente y sus propietarios evitan salir de sus casas sin sus dispositivos, porque con ellos se informan, se entretienen y se comunican.
Los teléfonos recibieron el mote de “inteligentes” a partir de que pudieron ofrecer prestaciones comparables a las de una computadora. ¿Y cómo consiguieron hacerse un lugar en el deseo masivo? Los nuevos paradigmas comunicacionales y el sentido de pertenencia sumaron su granito de arena a esta verdadera revolución móvil que también tiene sus límites.
Procedencia. Ya en 2009, el consultor Enrique Carrier, fundador y director de Carrier y Asociados, señalaba la preponderancia de la población nativa digital (8,2 millones de usuarios nacidos a partir de mediados de 1980 y criados en pleno desarrollo digital) frente a sus antecesores, los inmigrantes digitales (7,8 millones de usuarios nacidos en un mundo analógico que, con distinto ritmo, se fueron amoldando al nuevo escenario). Una división que no pudo más que generar cosmovisiones encontradas, traducidas en nuevos modos de consumir y reproducir cultura.
Al momento de señalar los cambios que los teléfonos inteligentes introdujeron en materia de consumo cultural, el investigador del Conicet, docente de la UNQui, de la UBA y de la Maestría en Propiedad Intelectual de Flacso Argentina, Mariano Zukerfeld, comienza por señalar aquellos que “se ven en las reuniones de adolescentes en la que están todos chateando, la forma en que los medios de comunicación estructuran agenda e instalan noticias, y el desarrollo y consumo de las diferentes formas de arte, que se trastocan con los dispositivos móviles”.
“Una estadística estadounidense indica que en la década del 60 había algo así como 20 minutos de información disponible por cada minuto libre que tenía una persona. Ahora, habría 20.000 minutos para cada minuto disponible por persona”, ejemplifica Zukerfeld para señalar que “en esa sobreabundancia de información, la atención humana se vuelve un recurso escaso, valioso y que se comercializa. En ese sentido, que Google base su esquema de negocio en la publicidad, es importante”.
Para el investigador experto en sociedad del conocimiento y presidente de la consultora Prince&Cooke y Asociados, Alejandro Prince, “los dispositivos de las nuevas tecnologías son sin duda consumos culturales y sociales en sí mismos, así como gran parte de las actividades que con ellos se pueden realizar”.
Según los propios datos arrojados por Prince, hasta el año pasado la proporción de teléfonos inteligentes respecto al total de celulares en uso era del 15%, mientras que este año llega al 35%. “Considerando que estos equipos se recambian cada tres años podemos predecir que en menos de que ese plazo se cumpla, más de la mitad de los equipos en uso serán inteligentes o superiores”, estima el especialista.
“Con la rápida difusión y adopción de teléfonos inteligentes de 2012 estaremos completando gran parte del segmento llamado ‘mayoría temprana’, una franja que se correlaciona fuertemente con un nivel socioeconómico determinado, aunque no es el único motivo (que fundamenta su elección)”, dice Prince y señala variables como “nivel educativo, profesión, edad y la movilidad del usuario que dependen de la ocupación pero no necesariamente del nivel socioeconómico”.
“Cualquier trabajador o estudiante que no pase gran parte del día sedentario en una oficina tiene una propensión mayor a la adquisición de estos productos”, asegura Prince y agrega otros factores de adopción, como “la carga simbólica por los cuales los teléfonos inteligentes pasan a ser tomados como símbolo de status, signo de innovación o modernidad. Lo que poseemos o usamos nos identifica en mayor o menor medida, según la persona y el producto”.
Mapear. Cuándo y cómo se consumen productos culturales mediante teléfonos inteligentes es la pregunta del millón respondida en el relevamiento “Nuestro planeta móvil. Cómo entender a los usuarios de celulares”, realizado por Ipsos MediaCT para Google a nivel global en mayo de 2012. Entre los datos que el estudio arroja, señala que la penetración de terminales inteligentes en la Argentina es del 24%, en Brasil del 14%, en China del 33%, en Estados Unidos al 44%, y en Emiratos Árabes Unidos del 61%.
El estudio, realizado durante el primer trimestre de 2012 y por el cual se entrevistó telefónicamente a 1.000 ciudadanos argentinos de entre 18 y 64 años, también trazó otros hábitos de uso, como dónde y para qué se usa el teléfono.
Mientras que el 89% aseguró usar el dispositivo en su casa, el 74% en su trabajo, el 64% mientas se traslada en transporte público, el 60% en cafeterías y el 49% en reuniones sociales, el 86% lo elige para comunicarse, (el 72% accede a su correo electrónico y el 71% a una red social, al menos una vez al día); el 69% para informarse, (el 55% lee noticias en portales informativos y el 52% blogs); y el 91% para entretenerse, (el 70% navega por Internet, el 69% escucha música y el 54% usa juegos).
A su vez, el relevamiento arrojó que el 83% de las personas usa el teléfono mientras hace otras cosas, como por ejemplo, leer libros (11%), escuchar música (57%) y mirar televisión (37%); inclusive, el 25% preferiría dejar de ver tele antes de relegar su teléfono.
Compatibilizar. En todos los casos, se trata de ver, leer y escuchar contenido que, en un gran porcentaje de ellos, se paga pero que no se adquiere. En las horas previas a la publicación de esta nota, el actor estadounidense Bruce Willis hizo pública una demanda contra Apple por la propiedad de su biblioteca de contenido digital adquirido a través de la plataforma Itunes.
El actor reclama la libertad de heredar a sus hijos ese contenido adquirido tras advertir el haber aceptado una cláusula de términos de servicio por la cual, tras la muerte del usuario, la colección vuelve a ser propiedad de Apple.
“¿Cuándo algo es tuyo si al final de cuentas no tenés real derecho a tenerlo?”, pregunta el integrante de la comunidad Mozilla en Argentina Guillermo Movía y advierte que “si cambias de terminal y de plataforma, también perdés el contenido adquirido; y si apelás a herramientas para traspasarlas de formato (para que sea compatible con otro sistema), técnicamente, estás infringiendo en un delito. Por eso, el lema de Mozilla es que la web es la plataforma”.
“Más que pensar en el aporte del software libre, en estos productos sistémicos, en red, como los teléfonos inteligentes, lo relevante es la estandarización. La posibilidad de que todos los miembros puedan compartir todo tipo de archivos o comunicaciones, sea cual sea el sistema operativo o formato; la regla que da valor es que todo sea compatible y escalable. O lo más posible”, asegura Prince y dispara una aspiración compleja en un escenario de privatización de las redes.
“Desde la aparición de la PC, en la web se impuso la lógica de neutralidad, que desde cualquier lado se debe poder acceder a cualquier página”, sostiene Zukerfeld para comparar con la coyuntura móvil: “La aparición de los teléfonos inteligentes generan una disputa porque, por ejemplo, se basa en redes privadas”.
Los sistemas operativos más difundidos son propietarios, es decir, son el resultado del desarrollo de una empresa, como Android, de Google; iOS, de Apple; Symbian, producto de la sociedad entre Nokia, Sony Ericsson, Samsung y Siemens, entre otras compañías; BlackBerry, de RIM; Windows Mobile, de Microsoft.
También los hay Linux, pero son los menos. Mozilla, por ejemplo, anunció la disponibilidad de su sistema operativo móvil basado en estándares abiertos y desarrollado por la comunidad de programadores de código abierto, pero cuyo lanzamiento será en 2013, en Brasil y de la mano de Telefónica.
Según los indicadores de Carrier y Asociados, el mercado local se concentró en 2011 en torno a Android (57,4%), Symbian (21,4%) y BlackBerry (20,9%).
“El consumo está dominado por quien tiene el poder”, dice Movía y ejemplifica con la prohibición del Kamastutra por parte de Apple: “Lo hizo porque ese contenido no estaba de acuerdo con sus estándares culturales. Uno se equivoca cuando ve a la red como el espacio adonde está todo porque ellos deciden qué tipo de consumo vas a poder tener y cuáles son los límites”.